Percepción háptica y visual en la pintura de Denis Siniauski

Todo percibir es también pensar, todo razonamiento es también intuición, toda observación es también invención.
R. Arnheim

 

La obra de arte es, por definición, un gesto inefable. No obstante, –y desde la perspectiva de otro artista plástico o, para ser mas exacto, desde la visión de un escultor–, me propongo insinuar algunas claves del proceso de creación pictórica del artista bielorruso Denis Siniauski.

Materia, color, percepción táctilo-visual y silencio son conceptos que me sugiere la contemplación de sus obras tanto en la observación y el análisis como en su proceso de trabajo. Por definición, la percepción consiste en recibir, a través de los sentidos, las imágenes, los sonidos y las impresiones o sensaciones externas; una función psíquica que permite nuestro organismo captar, elaborar e interpretar la información que llega desde el entorno más inmediato. Me atrevo incluso a sugerir que Siniauski está influenciado por la teoría hegeliana de que todo proceso se basa en la razón pues ésta es la base del conocimiento. Sus obras no son producto del azar, todo está controlado: la aplicación de la materia sobre los distintos soportes, los colores, el formato, la luz…

He presenciado en varios de sus espacios de trabajo (Düsseldorf, Minsk, Moscú y en mi propio taller en Tenerife) la forma de proceder de este artista a la hora de enfrentarse a sus lienzos y tablas, es decir, al campo [de acción]; el espacio que presenta unas características constantes y homogéneas. Ese campo con el que interactúa el artista no es otro que el espacio para crear un nuevo espacio-campo que es modificado por la composición. En ese campo se realizan operaciones, pero a su vez las operaciones obran sobre su campo (Atilio Marcolli). De esta interacción nace la tensión, el movimiento, el equilibrio en un espacio geométrico comparable a un folio en blanco con el que se enfrenta el escritor en su creación.

Pues bien, Siniauski, se enfrenta al soporte campo-espacio con un tema primordial: el mar. Sin apenas usar los pinceles, pinta con sutileza; arrastra la pintura con mayor o menor intensidad hasta conseguir el efecto deseado, toca la pintura, la siente en sus manos como la materia plástica que es. Traslada a sus lienzos o tablas una gran cantidad de material, de colores que vierte directamente de los tubos de pintura con movimientos diversos y una regla metálica que arrastra sobre la pintura siempre bajo un estricto control.

Obtiene diversos matices de colores que podemos ver en los océanos y mares en sus profundidades que son trasladados a la superficie del lienzo o la tabla. A pesar de haber nacido en Minsk, donde el mar está ausente, lo ha interiorizado como elemento importante de su trayectoria vital, hasta tal punto en que se convierte en patrón de barcos de vela con los que ha cruzado el océano atlántico y los mares mediterráneo y negro. Al surcar sus aguas se nutre de los colores diversos y de la incidencia de la luz en cada uno de ellos en diferentes épocas del año.

En los espacios naturales que pisa se detiene pensativo, contempla el ir y venir de las aguas y sus efectos sobre la arena, su percepción es fundamental para llevar al lienzo sus ideas. Las arenas volcánicas que acoge en su taller forman parte de su ideario estético y pictórico, un misterio aún por descubrir, pues como bien señaló J. L. Borges, nuestro artista sigue sus arduos laberintos a la hora de tomar en sus manos la pintura y el material con los que se mueve en el espacio euclídeo pero también onírico. Siniauski sueña el mar y la tierra, los percibe con todos sus sentidos. Goza la vida y su efímera luz se traduce en sus telas, mares inmensos sin final, horizontes lejanos e invisibles, su mente es capaz de configurar la experiencia de la realidad percibida por sus ojos y sus manos. En este proceso racional hay que destacar la importancia del sentido del tacto para nuestra experiencia y nuestra comprensión del mundo. Como bien señala J. Pallasmaa: todos los sentidos, incluidos la vista, son prolongaciones del sentido del tacto; los sentidos son especializaciones del tejido cutáneo y todas las experiencias sensoriales son modos del tocar y, por tanto, están relacionadas con el tacto. La primacía del mundo háptico ha sido señalada por el antropólogo A. Montagu: “[La piel] es el más antiguo y sensible de nuestros órganos, nuestro primer medio de comunicación y nuestro protector más eficaz [...] El tacto es el padre de nuestros ojos, orejas, narices y bocas. Es el sentido que pasó a diferenciarse en los demás, un hecho que parece reconocerse en la antiquísima valoración del tacto como la madre de todos los sentidos”.

Este artista parte de las singularidades de su territorio pero también de todos aquellos por los que transita. Como no podría ser de otra manera, se acerca al paisaje ––como artista que es y no concibo el concepto de artista aplicado a alguien que no sea un atento observador––, como un lector que es capaz de leer cuanto acontece a su alrededor. Denis ha vivido y amado el paisaje desde su más temprana infancia, ha disfrutado intensamente del entorno que le vio nacer, la ciudad bielorrusa de Minsk y sus inmensos bosques, lagos y ríos en los que los colores llegan a su máxima intensidad con las diferentes estaciones. Por tanto, el acercamiento al paisaje se define a través de la percepción atenta del entorno, en todos sus detalles y cuando digo entorno me refiero no sólo al paisaje, sino también a la arquitectura, a la flora y a la fauna. Su visión del paisaje infinito es el vacío, porciones de paisajes de infinitos horizontes que trasladados al soporte pictórico campo-espacio adquieren todo una dimensión de equilibrio y serenidad.

Con pinturas acrílicas, emulsiones, arenas y tierras naturales que recoge por los lugares que transita en sus continuos viajes (África, Canarias, Azores, Europa, Rusia, Bielorusia…) da cuerpo a sus obras. Las arenas son muestras del paso silencioso del tiempo sobre el basalto, los granitos y las areniscas, el resultado de la erosión continua de la rocas esculpidas por el viento y el mar. Siniauski conoce el viento, el mar, la tierra, es un hombre áureo que hila no sólo pintura y color, también materia. Como bien escribió el franciscano Giovanni Fidanza (San Buenaventura) allá por el siglo XIII, lo importante en una obra de arte no es la representación objetiva de la realidad sino de la idea que abriga el artista en su interior. En consecuencia, más que representación la función del arte y, en este caso de la pintura, es la expresión. Tal es el caso que nos ocupa, nuestro artista es un atento observador de todo aquello que le rodea, estudia la naturaleza, es su materia prima en la que sus sentidos háptico y visual adquieren plena categoría.

En sus paisajes la paz, el silencio, el color, la materia... adquieren una belleza destinada a purificar nuestros corazones. ¿Qué otra cosa podría expresar el pintor o el poeta más que su encuentro con el mundo? (M. Merleau Ponty).

También debo destacar otro aspecto esencial para los sentidos que, sin lugar a dudas, o ––por lo menos a mí me lo parece–– es el silencio. Ese silencio revaloriza los sentidos, se trata de un silencio subjetivo que se desprende de la visión de espacios vacíos y horizontes lejanos. La inexistencia de sonido alguno no implica que no haya comunicación entre el espectador y la obra. Ese silencio subjetivo que emana de las pinturas nos propone una observación pausada en soledad que sirve para una meditación reflexiva.

Como individuo, esto es, como unidad independiente, Siniauski es único y, por tanto, su expresión creativa también. Desde su propia existencia y experiencia en cada lugar, desde la libertad de expresión y desde su propio pensamiento creativo traduce en sus paisajes una sutil experiencia vital de goce y tranquilidad. Él mismo es una persona afable, observadora, reflexiva, comprometida con su trabajo, un referente de inusitada perseverancia en nuestro tiempo. La pintura se convierte en su caso, en un formidable acto de fe.

Como señalé al principio, no soy crítico de arte y no niego la legitimidad de la misma; Tan sólo me he atrevido a indagar y esbozar unas pocas y diversas impresiones siempre parciales, de la obra de Denis Siniauski. Queda el espectador-lector obligado a indagar y aportar las suyas.

 

Román Hernández González
Doctor en Bellas Artes,
Profesor Titular Dpto. de Bellas Artes
Universidad de La Laguna, Canarias, España

BIBLIOGRAFÍA